OPINIÓN: El dominicano y su dificultad para escuchar y debatir

El debate es uno de los llamados géneros discursivos de la comunicación oral. Consiste en la discusión mediante la cual dos o más personas emiten opiniones contrapuestas acerca de un tema determinado. Su propósito es, pues, vencer el punto de vista del interlocutor. 

Para que un debate se desarrolle con el rigor científico o académico esperado, deben cumplirse, entre otras, las siguientes condiciones:

  1. Sólido dominio del tema que se debate
  2. Presentarse al debate vestido con el científico traje de la humildad o antiarrogancia y animado  solo con la intención de aportar al conocimiento y no de avasallar o ridiculizar al otro; armado solo de juicios  contundentes y no  de la subjetiva presunción  del “sabio” o del “intelectual” que siempre tiene la razón.
  3. Escuchar con atención al oponente y no interrumpirlo mientras habla.
  4. Respetar el tiempo  y demás reglas establecidas para el debate
  5. No descalificar o subestimar al otro.
  6. Nunca salirse del tema que se está debatiendo.
  7. Tratar de convencer con argumentos de irrebatible rigor académico y no con gritos  ni elevación del tono de voz
  8. Evitar los insultos.
  9. Combatir siempre el punto de vista del otro y no a la persona que lo sustenta  (Falacia  Ad –hominem)
  10. Ser preciso y conciso, vale decir, evitar argumentar más de la cuenta.

¿Por qué a un dominicano se le hace tan difícil debatir de manera profesional? ¿Por qué el argentino Agustín Laje parece llevar la voz cantante cada vez que debate con un dominicano el muy polémico tema del aborto y sus tres causales? 

 Sencillamente, porque la mayoría de dominicanos, en la comunicación oral, no tiene control de sus emociones. Y por ser así, explota, se irrita, grita, habla fuerte, insulta, amenaza, descalifica, interrumpe constantemente al que habla, abandona la discusión…

En fin, se trata de un ser, preparado para argumentar, no para escuchar; para convencer, no para que lo convenzan.  Y lo peor de todo: está muy, pero muy convencido de que, en un debate o discusión, quien más eleve el tono de voz, más alto hable y menos deje hablar al otro, es el que más razón tiene.  

Para validar lo expresado en el párrafo precedente, muy importante resulta escuchar el debate Laje–Faride Raful, en julio del 2019. Mientras el polémico y politólogo argentino exponía sus argumentos, la hoy senadora de la República Dominicana por el PRM acariciaba sin cesar la pantalla de su teléfono celular o reaccionaba en silencio con una risa preñada del más evidente y descalificador histerismo. 

RECIENTEMENTE 

Algo parecido sucedió hace apenas tres semanas en el debate sobre el mismo tema, llevado a cabo entre Laje y el destacado médico psiquiatra dominicano Dr. Héctor Guerrero Heredia.  Apenas el primero abría la boca cuando ya el segundo, exaltado o casi fuera de sí, lo estaba interrumpiendo.

Y lo mismo sucedió en el debate sostenido entre Laje y el comunicador José Laluz.  La desesperación y el descontrol emocional de este último fue tal, y sus interrupciones fueron tantas, que de una hora y cincuenta y cinco minutos que duró el debate, él, Laluz habló durante una hora y diez minutos y el otro cuarenta y cinco minutos.  

En la red aparecen dos videos en donde se ve a Laje debatiendo el tema que nos ocupa con una historiadora argentina y con una politóloga guatemalteca.  Fue muy emocionante para mí observar cómo tanto la historiadora como la politóloga permanecían en estricto silencio, mientras el teórico argentino hablaba. Fue entonces cuando llegué a la siguiente conclusión:   

Todo parece indicar que al dominicano promedio, mientras el otro habla,   humanamente le resulta imposible permanecer callado o “escuchar con discreción”, como bien lo recomendaba ese genio de la prosa española y miembro de la Generación del 98, José Martínez Ruiz (Azorín).   

Quien desee confirmar lo antes expresado, solo tiene que sintonizar uno cualquiera de los programas de entrevistas, opinión o de variedades que se difunden diariamente a través de los diferentes canales de televisión de nuestro país. Muy pronto se encontrará hasta con cinco personas hablando a la vez, y si se trata de una entrevista, el entrevistador parece apostar a quién habla más, si él o el entrevistado.  Este apenas puede hablar debido a las constantes, imprudentes e inoportunas interrupciones del primero.

 En fin, la posibilidad de que un debate mantenga en nuestro país su esencia académica, choca por completo con el perfil lingüístico de los dominicanos.  Y es que no puede ser profesional el debate allí donde impera el monólogo o donde todos hablan, pero nadie escucha.

Y esta conducta, desafortunadamente, se constituye en el rasgo por excelencia de los nativos de la patria de Duarte cuando se expresan de manera oral; pero muy especialmente, cuando debaten o discuten un determinado tema.

dcaba5@hotmail.com

fuente:almomento.net

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